Las Polillas.
Esto no es una carta, ni una nota, ni siquiera un cuento. Tal vez sea un diálogo con alguien que no existe, o con algo; con la ventana que nadie ve, o con el cedro azul de la esquina.
El tema es "las polillas". Así es, pasan cosas extrañas. Me gustaría haberte comentado que estaban, revoloteando intrépidas y avasallantes, mientras te esperaba. Me gustó esperarte. Era algo normal, al fin. Ni la luz ensordecedora, ni la música pop moderna del bar ochentoso podían contra mi sonrisa despojada. Pero sabía que era ese solo momento. Un momento normal. Hasta preferí que tardaras. Quería seguir viendo las polillas, y recordando aquel otro momento, yo en el piso, vos al borde de la cama, sonriendo con los dientes, al fin, contándome de las polillas, de lo que nadie debía saber, complicidad, confesión, un secreto.
Llegaste y no las viste. Nos fuimos. Hablamos de horas y nombres de calles. Mientras te bañabas se repetía Branco y Preto. Íbamos juntando recuerdos sin saber. Y callamos los dos. Tu cuerpo me contó el anhelo.Tu frente en mi pelo y tu boca. Bebimos del otro el respiro, la cara, las manos, el quiero, mi ombligo, tu inmensidad y mi alivio.
Lloré unas tres horas más tarde. Dormías, o cerrabas los ojos. Pensaba en las polillas, en que nunca podríamos conversar de lo rica que estaba la cena, o de que tales medialunas eran las mejores del barrio, porque yo te dejé antes de amarte. Dejé por vez primera que tu silencio lejano me raspara. ¿Pensaba en las polillas?
Tuve que decir a medias algo que no sabía. Quería verte los dientes de nuevo. Acaso no me bastaba con tu omisión. Dije lo que quería escuchar tu boca taciturna :oblivión. Sonreíste.
Violinera
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